La sirena de Tamiahua, una leyenda veracruzana acerca de una bella joven

10/04/2022 - 12:01 am

Veracruz es un estado rico en cultura, sus calles y espacios han visto nacer muchas leyendas que sin duda alguna forman una parte importante del folclor mexicano.

Ciudad de México, 10 de abril (SinEmbargo).- En otras ocasiones hemos compartido algunas leyendas veracruzanas, desde las más conocidas hasta las que no suelen ser tan populares y esta es la ocasión de hablar de la Sirena de Tamiahua.

Se cuenta que hace muchos años en un pueblo que existió entre Tampache y la hacienda de San Sebastián, dentro del municipio de Tamiahua, vivían una viuda llamada Damacia y su hermosa hija Irene, una joven de tez morena, ojos aceitunados y larga cabellera negra.

En un jueves santo, Irene fue por leña a un sitio conocido como paso de piedras, un acto prohibido en esos días. Al regresar a su casa, la joven llegó sucia por el trabajo de buscar la leña, que decidió tomar una ducha, su madre le contestó “no hija te condenarás, en estos días no debemos agarrar agua, mucho menos bañarnos”, pero Irene no hizo caso, tomó un jabón y se fue al pozo a lavarse la cara. Minutos más tarde, su madre escuchó gritos, era Irene quien pedía ayuda.

Se dice que del pozo se levantó una gigantesca ola y en ese momento la joven se convirtió en otro ser: su boca se hizo de pez, sus ojos más grandes, su negro cabello y su piel se tiñeron de rojo, sus piernas desaparecieron y se formó una cola de pez con todo y escamas. La ola enorme arrastró a Irene o el ser en el que se había convertido, rumbo al mar.

Los lugareños siguieron a la joven en sus lanchas hasta la laguna pero cuando estaban a punto de alcanzarla se apareció un extraño barco de madera destrozado; de pronto ella saltó hacia él, con una sonrisa burlona y cantos macabros. Así, la mujer se quedó viuda y sin su hija, pero cada jueves santo se dirigía a la playa con la ilusión de volver a ver a su hija Irene.

Se dice que si se escucha su canto, lo mejor es alejarse del lugar ya que si se acercan, los barcos misteriosamente se hunden.

Redacción/SinEmbargo
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